Lo regional nunca languideció

Por: Armando Benedetti
Senador de la República

Es posible que un  inventario de mis desencuentros  políticos  con el gobernador Eduardo Verano De La Rosa tenga varios registros. Y tal vez  sea mi responsabilidad. Todos saben que no soy exactamente un hombre de consensos, que si soy alguien que no elude la  confrontación y el disenso en éste país de componendas.

Pero yo debo hacer hoy aquí, en las páginas de El Heraldo, según corresponde a la naturaleza del evento que da lugar al especial periodístico, un reconocimiento a la prolongada duración, a la intensidad y casi que a la obsesión que el gobernador Verano de la Rosa  ha  obsequiado  desde antes de la Constitución del 91, al tema de la región caribe como una  merecida y urgente  institucionalización.

Yo recuerdo, como si fuera  ayer,  que llegué desprevenidamente, debió ser en el año 90, a la casa de mi padre, y encontré allí a un grupo de personas  literalmente sentadas en  el suelo  dándole los primeros hervores  a la construcción de una  institución regional.  Esa  reunión, por supuesto, había sido convocada por Eduardo Verano De La  Rosa. Y eso, que entonces  era un poco  romántico y apenas un balbuceo, tuvo logros que ya tienen perfiles históricos. De allí saldría el artículo 1 de la Constitución del 91, estrenando aquella pretensión de darle rango institucional al sueño de una región de alguna manera autonómica.

Desde entonces, y casi que sin excepción alguna, nada de lo que se dice o se hace alrededor del tema de la región, y más específicamente de la región del Caribe colombiano, ha ocurrido con prescindencia de Verano. Lo podemos afirmar sin acudir a exageración alguna: hoy en día Caribe parece sinónimo de Verano De La Rosa. Y a la disconversa.

El tema de las autonomías regionales y de los criterios con los cuales se reparten la renta y los ingresos, soportó cierto desdén desde cuando la globalización fue entendida como el  empobrecimiento de las autonomías periféricas y el fortalecimiento de toda  recentralización.

La circunstancia de que los populismos de todos los pelambres, pero especialmente el de los sectores políticos de la derecha, aprovecharan las crisis de finales del siglo XX y del 2008 para desmontar la social democracia,  contribuyó muy efectivamente a que lo regional fuese visto como una propuesta arcaica asociada sin mayores fundamentos con los nacionalismos que en el siglo XX habían desatado unos niveles exacerbados de  desregulación  financiera, desmonte del Estado,  crueles  políticas de ajuste, y guerras sin antecedentes de crueldad y muerte.

Con  ocasión  de la crisis de los intentos de secesión en Cataluña, uno de los argumentos utilizados contra el  independentismo, fue la teoría según la cual las complejidades del asunto catalán debían simplificarse a  cocotazos, porque supuestamente la globalización había clausurado para siempre los  factores regionales y de nacionalismos  periféricos.

A partir de entonces, toda aspiración  regional parece un postulado impropio,  trasnochado, melancólico y en desuso.  Aunque factores así estén en algunos hechos políticos como el triunfo del Brixer, de Trump y de lo los  jefes de Estado de Polonia Y Hungría, entre  otros, semejante diagnostico pretende olvidar que esos intentos secesionistas son  también responsabilidad fundamental de la exclusión, de la pobreza invencible, de los ajustes desconsiderados y de la  impasibilidad de los Estados nación frente al sufrimiento social. La globalización, no importa las razones para justificar o no la secesión Catalana, funciona  igual con Cataluña dentro  o fuera de España. La solidaridad Europea es inevitable, pero eso no resuelve nada  Las Constituciones  y la ley no suelen dejar abierta las puestas de la sedición fácil.

Joseph Stiglitz,  premio Nobel de economía, dice que lo que  vive el planeta no es solo  una crisis económica.  Es también una crisis de la democracia. Una crisis del empleo. Una crisis sin antecedentes con  una pobreza que llegó para quedarse.  2008 parece un apocalipsis que nos gusta disimular. Los ciudadanos votan en todos los países, incluidos los del primer mundo, por  un Estado nación que no toma las decisiones cruciales.

Si ya  no se puede devolver el país real a los Estados/nación, a las entidades autonómicas ni a las regiones,  habrá que inventar como  no las arreglaremos  para superar  la peligrosa fractura democrática en todos los niveles que tiene el planeta en desorden y riesgo.

Alguna vez el exalcalde y candidato presidencial Antanas Mockus,  un hombre ejemplar, fue confundido por sus asesores más cercanos cuando dijo. “En el tema redistributivo,  Colombia no le va a quitar  recursos a Choco para dárselas a la Costa Atlántica” Semejante  afirmación esta soportada en que el neoliberalismo cree que el mercado puede  superar las condiciones estructurales del atraso de esta región y de otras de la  periferia colombiana.

Los pobres no tienen la culpa de su propia pobreza. Y no es con descentralizaciones de ocasión, manteniendo intacto infames cinturones de pobreza, ni limitando los alcances de las RAP, ni disminuyendo la redistribución de los recursos públicos como ocurre hoy con el presupuesto de 2018, que superaremos nuestra legendaria agonía.

El Estado, las regiones, los excluidos, tienen la obligación de fortalecer una institucionalidad que no olvide que la pobreza ancestral tiene que ser pensada desde el punto de las necesidades no satisfechas, o de las  fallidamente satisfechas. Y es el Estado, como lo probó  hasta la saciedad la  social democracia y lo niega la  disparatada agenda de Trump, quien pese a la globalización,  los nacionalismos,  los populismos,  la  posverdad,  quien tiene la obligación de  repensar el planeta y su supervivencia.

Apoyemos a Verano y luchemos por darle más autonomía, más participación y más  recursos a las comunidades periféricas que sufren desde  ya la certeza de que sus hijos vivirán en un mundo aun peor que aquel que padecen.

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